91• Solo oscuridad.
Cuando terminé de vestirme, un malestar agudo me cruzó el pecho como un latigazo. El aire se me escapó de golpe y tuve que apoyarme en el marco de la puerta para no venirme abajo. Cerré los ojos, inclinando un poco la cabeza mientras buscaba a tientas un ritmo estable para respirar. No podía dejar que el pánico me arrastrara. No ahora.
Instintivamente, llevé una mano a mi vientre. La bebé también se movió, inquieta, como si sintiera la tensión recorrerme. Acaricié la curva de mi barriga con la palma abierta, tratando de enviarle un poco de calma, rogando que pudiera sentirla.
Pasaron unos segundos —o tal vez más, era difícil saberlo— antes de que la presión empezara a ceder. Respiré hondo dos, tres veces, dejando que mi cuerpo volviera, poco a poco, a ser un lugar habitable. No del todo mío, pero lo suficiente para confiar en que las piernas me sostendrían al bajar las escaleras.
Cuando por fin me sentí capaz de moverme, avancé despacio. Cada paso era medido, casi sigiloso, como si te