93• No es Lee Harris.
Mi cuerpo aún se sentía extraño, como si no hubiese terminado de encajar del todo dentro de mí. La pesadez seguía aferrada a cada músculo, un residuo denso que no cedía del todo, aunque las náuseas, al menos, habían disminuido lo suficiente para permitirme pensar… o intentar hacerlo. Mi mente saltaba de un punto a otro sin detenerse, repasando una y otra vez lo sucedido: qué quería realmente Lee Harris, qué pudo haber buscado en mi casa, qué tenía Richard en su despacho que pudiera llamar la atención de un desconocido. Pero cuanto más trataba de ordenar las piezas, más pulsante se volvía el dolor que me martillaba en la sien.
Sin darme cuenta, llevé una mano a la cabeza, presionando suavemente como si eso pudiera contener el malestar. En cuanto lo hice, Richard dejó el teléfono a un lado —llevaba ya varios minutos en conversación con la policía— y se acercó inmediatamente.
—Tranquila —me dijo con suavidad, aunque su voz seguía cargando una tensión difícil de esconder—. Solo descansa,