81• Un viejo amigo.
Lana se había encargado de enviar todas las invitaciones para la fiesta de la pequeña, la cual se celebraría en una semana. Había supervisado cada detalle con su energía arrolladora: las tarjetas doradas, los sobres sellados con lacre, las letras en relieve que parecían sacadas de un cuento. Todo estaba perfectamente organizado.
Pero mi preocupación no iba en esa dirección.
Había algo más, algo que llevaba días instalado en mi pecho como un peso frío y persistente. Desde aquella noche, Richard llegaba muy tarde a casa. Siempre después de que yo cenara, después de que me duchara, después de que Ruby diera las últimas pataditas antes de quedarse tranquila. Y cuando finalmente entraba por la puerta, no se quedaba conmigo. No hablaba del día. No me contaba nada.
Se encerraba en su despacho.
Y yo me quedaba afuera.
Había algo que lo estaba atormentando. Lo veía en su mirada ausente, en la rigidez de su postura, en la forma en la que besaba mi frente solo para desaparecer detrás de esa puer