Richard se estacionó frente a la casa y apagó el motor. Por un momento, se quedó mirándome, con esa expresión que me hacía olvidar cómo respirar.
—Debo ir a la empresa —dijo al fin, con voz baja, casi como si no quisiera hacerlo—. Pero estaré en casa temprano, lo prometo.
Asentí sin decir nada, intentando disimular la punzada de vacío que me provocaba que tuviera que irse. Me acompañó hasta la puerta y, antes de que pudiera reaccionar, me tomó suavemente del rostro y me besó. Fue un beso lent