Richard me extendió la mano. Dudé solo un segundo antes de tomarla. Su tacto fue firme, cálido, tan familiar que me recorrió un escalofrío. Hacía meses que no lo tocaba, y, aun así, mi cuerpo lo recordó de inmediato. Era como si cada célula reconociera la suya.
Entramos a la cabaña, y él cerró la puerta detrás de nosotros. El sonido fue suave, pero suficiente para hacerme sentir atrapada entre el silencio, su presencia… y todo lo que aún no habíamos dicho.
El lugar era precioso. Todo tenía un a