Regresó al sillón, y el chico regresó con una margarita. Esta vez, el sabor no era el mismo que al principio. No tenía apetito para continuar con la bebida. No sé cuántas horas estuve allí sentada, pero no vi señales de Dmitry o del coronel. Saqué del bolso el teléfono, ya tenía el número de Sergei, le marqué y al primer tono respondió.
—Señorita Petronva —dijo enseguida.
—No veo al coronel por ningún lado y quiero regresar, ¿puedes venir por mí? —interrogué. No escuché respuesta de su parte, s