Capítulo LXI

Una hora después, la casa de playa estaba en completo movimiento. Los escoltas aparecieron con los rostros serios, revisando cada rincón. La señora de servicio local llegó con discreción a empacar nuestras cosas, y yo, en silencio, guardé mis vestidos y bañadores que había comprado en una tienda aquí en Costa Rica y que apenas llegué a usar. La sensación de que el sueño había terminado me pesaba en el pecho.

La brisa del mar todavía se filtraba por las ventanas abiertas, trayendo consigo el olo
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