Un gemido quebró el silencio de la habitación al momento en que su cuerpo se estremecía alrededor de mi polla, temblorosa y completamente entregada a mí. Alina estaba ahorcajada sobre mis piernas, su frente pegada a la mía, los labios entreabiertos, jadeando. La sostuve firme por las caderas, guiándola mientras buscaba su propio orgasmo, disfrutando con cada contracción que me arrancaba un gruñido bajo.
Inhalé su olor con devoción. Ese aroma dulce mezclado con el sudor de su piel era una maldit