La habitación olía a desinfectante y a eucalipto. Afuera llovía, pero adentro, la luz era suave, casi cómplice.
Álvaro estaba despierto, recostado, leyendo los mensajes que su equipo de trabajo le había dejado. Ninguno urgente.
Entonces golpearon la puerta.
—¿Se puede? —dijo la voz que él ya reconocía sin necesidad de ver.
Lorena entró con un termo de café y una bolsa con galletas caseras. No llevaba maquillaje. Solo su voz dulce y su gesto sereno.
—No sabía si te gustaban de avena —dijo, deján