Ricardo pagó por cuatro camas para acompañantes, incluyendo una para César y William.
Se acercó a ellos y les dijo:
—¿Por qué no descansan un poco?
Nadie respondió. Estaban como dos estatuas, parados ahí, sin moverse ni un milímetro. Si no fuera porque respiraban, Ricardo habría jurado que eran figuras de piedra.
La diferencia entre ellos era clara: César, despeinado y los ojos rojos como si no hubiera dormido en días, y William, con su traje impecable, sin una sola arruga.
Ricardo suspiró, resi