Un silencio total se apoderó del pasillo.
Ricardo miró las heridas de César y habló:
—Ve a que te revisen primero, nosotros nos quedamos esperando.
César estaba bañado en sudor y mugre, con la ropa manchada de sangre, sobre todo en la espalda, donde parecía tener la herida más fea.
No se movió ni abrió la boca, seguía determinado en quedarse ahí hasta que Perla saliera. No pensaba irse hasta asegurarse de que ella estuviera bien.
Al ver eso, Ricardo empezó a ponerse inquieto.
—Si Perla despierta