Su impulso de vivir hizo que Perla abriera un poco los ojos. Movió las manos, buscando el seguro del cinturón y apretó con todas sus fuerzas.
Intentó mover las manos para alcanzar la manija de la puerta.
Presionó el botón para destrancarla.
Pero, ¿por qué no podía abrirla?
Siguió intentando. Sin embargo, el olor asqueroso que llenaba el carro hacía que sus brazos y piernas se pusieran rígidos. Poco a poco, hasta mover los dedos se volvió una tortura.
—Cof, cof... Dios santo —tosió débilmente.
La