—¡Saúl, no me gusta que me agarren!
Teresa intentó zafarse, pero él le agarró la muñeca con fuerza y la arrastró hacia el edificio de la clínica de rehabilitación.
Con un fuerte golpe, abrió de un portazo una habitación en el primer piso.
Sin darle tiempo a reaccionar, Saúl la llevó adentro del edificio.
Su silencio y el fastidio en su rostro hicieron que Teresa sintiera un escalofrío.
—¿En dónde estamos? ¿Para qué diablos me traes acá? —preguntó, entre enojada y asustada.
Saúl la giró bruscamen