—Hace un rato no estabas así, hasta me pediste que te ayudara —dijo él, con una mirada dura y una voz que se volvía cada vez más áspera, como una serpiente lista para atacar.
Se acercó y se dejó caer sobre la espalda de Teresa.
Ella no hizo nada para evitarlo, pero tampoco lo abrazó. Con desprecio, dijo:
—¿Tú crees en lo que dice una mujer cuando está en la cama? ¿Qué te pasa? Cada vez eres más ingenuo.
Saúl la miró con rabia, sin poder disimular lo dolido que estaba. Su cara se puso tiesa.
Tere