Sentados en la alfombra de la sala, con una caja de pizza grasienta entre los dos y las corbatas y tacones tirados por ahí, Emma por fin sintió que podía respirar. Azkarion se había quitado el reloj de miles de dólares y tenía una mancha de salsa en la barbilla. Parecía un hombre normal, no el dueño de medio mundo.
—Sabes... —dijo Azkarion, dándole un mordisco a su rebanada—, creo que esta es la mejor cena que he tenido en tres años. Sin camareros vigilando cuántas veces mastico.
Emma se rio, a