La mañana siguiente los encontró aún entrelazados, con los cuerpos tibios y los corazones latiendo en la misma frecuencia. No hubo palabras apresuradas ni miradas nerviosas al despertar. Solo un beso lento, dormido, que Simón depositó en el hombro desnudo de Selene antes de levantarse a encender el fuego.
El sol se filtraba apenas entre las pequeñas grietas de la pared de la posada, y el vapor de sus alientos aún era visible en la esta.
—Deberíamos salir pronto si queremos llegar a tiempo al re