Selene sonrió la mañana siguiente, pero fue apenas una expresión quebradiza, como una taza de porcelana vieja. Se sentó al borde de la cama, recogiendo su ropa. El calor del momento la noche anterior aún le palpitaba entre los muslos, pero la calidez emocional… esa parecía irse desvaneciendo con cada segundo de luz.
Simón despertó poco después. La encontró de pie, ya vestida, peinándose con los dedos frente al espejo viejo y empañado.
—Buenos días —dijo él, con voz grave, aún cargada de sueño.