El sol de este nuevo día se elevaba lentamente sobre los campos aún cubiertos de rocío, filtrando su luz cálida entre las ramas de los álamos que bordeaban la vieja granja. Selene se encontraba de pie frente a la cerca, con las mangas remangadas y la mirada fija en la tierra. La misma tierra que la había visto llorar, renacer, y ahora —por decisión propia— luchar. El viento fresco le revolvía el cabello, y por un instante, parecía hablarle. Como si el campo mismo le susurrara que no se rindiera