La brisa nocturna acariciaba los girasoles dormidos, y el rancho se envolvía en una calma que parecía casi sagrada. Selene bajó del caballo aún con las mejillas enrojecidas, no por el viento, sino por la mezcla embriagante de emociones que la envolvían. A su lado, Simón sujetó las riendas con soltura, sin dejar de mirarla como si quisiera memorizar cada segundo, cada gesto, cada suspiro contenido desde el paseo.
No hicieron falta muchas palabras. Solo una mirada intensa antes de cruzar el umbra