Y cuando finalmente sus cuerpos se fundieron, no fue solo un encuentro físico.
Fue la rendición más honesta de dos almas heridas que, por fin, se habían encontrado.
Y no necesitaban decir más
Selene ya no sabía si temblaba por el deseo o por la forma en que Simón la miraba.
Como si fuera su cielo y su tormenta.
Como si todo lo que había vivido hasta ese instante no tuviera sentido sin ella.
Su blusa cayó al suelo en un susurro. La caricia del aire fue nada comparado con el roce de las manos de