La fiesta había llegado por fin. Las farolas improvisadas hechas con botellas de vidrio colgaban de un alambre que serpenteaba entre los árboles del parque central, tintineando con cada ráfaga suave de viento. El aire olía a anís, buñuelos fritos y tierra mojada. La fiesta del pueblo no había cambiado mucho en los últimos diez años: mismas mesas de madera apolillada, misma música mezclada entre baladas, valses viejos y boleros románticos… Y sin embargo, para Selene, todo se sentía ajeno, como s