Una liberación traicionera.
Gia.
Siento la mano izquierda de Arthur Orlov posicionarse en mi espalda baja para elevarme más hacia él, y de repente, su voz caliente golpea mi clítoris.
—No puedes correrte —advierte, dejándome sin aliento—. Haga lo que haga, contente.
¿Cómo puede pedirme algo como eso? No sé cómo hacerlo. Jamás me he contenido. Y no es como que si mi cuerpo no estuviera gritando ya ser liberada.
—Pero señor Orlov… —me quejo, agitada.
—Si no vas a esperar hasta que yo te lo ordene entonces dímelo y dejamos e