Y con esas palabras rebotando en mi cabeza, no lo dudé mas.
La puse sobre mi hombro, le di un par de nalgadas y le dije, con la voz cargada de deseo y rabia contenida:
—¿Con qué derecho bailas así, para que todos te vean? ¿Con qué derecho te tocabas de esa manera, sabiendo que yo no estaba allí? ¿Acaso necesitabas la atención de otros hombres?
Ella me susurró con una sonrisa peligrosa:
—¿Y entonces por qué me provocas? ¿Por qué haces que con solo mirarte quiera desarmarme?
—No fue mi intención