Los días pasaban con una lentitud insoportable en la cabaña. Afuera, el invierno comenzaba a borrar los colores del paisaje, cubriéndolo todo con una capa de silencio y escarcha. Adentro, Alexander Varnell se movía como un fantasma entre las habitaciones donde antes había amor, palabras y fuego. Ahora sólo quedaba la ceniza. El eco de los pasos de Luciana, la risa que una vez inundó la sala, los susurros nocturnos entre páginas y besos… todo eso había desaparecido, como si nunca hubiera existid