La noche caía con una lentitud cruel. El cielo se extendía como un lienzo negro sin estrellas, y el fuego de la cabaña chisporroteaba apenas. Luciana había estado sentada frente a la ventana durante horas, con la mirada perdida más allá de la lluvia, más allá de la montanña.
Detrás de ella, Alexander la observaba. Podía sentir el momento exacto en que algo se había roto entre ellos. No era enojo, ni traición. Era un abismo de silencio que había comenzado a crecer desde que publicaron La Segunda