La brisa marina era distinta por las mañanas. Tenía un sabor salobre que se pegaba a la piel y se mezclaba con los pensamientos como tinta invisible. Luciana se había instalado en una habitación pequeña, blanca, con una ventana que daba al horizonte. No necesitaba mucho. Solo papel, silencio y dolor.
Escribía en un cuaderno azul, el mismo que Alexander le había dejado. Lo había abierto semanas atrás con manos temblorosas, incapaz de trazar una sola línea. Pero ahora, las palabras fluían como si