El amanecer llegó con una luz dorada que se filtraba entre las cortinas del estudio. Luciana no se había movido del escritorio en toda la noche. El cuaderno estaba abierto frente a ella, con las últimas palabras de lo que sabía que ya no era solo un libro, sino un manifiesto.
A su lado, Alexander dormía en el sofá, con un brazo colgando y el rostro sereno, aunque su sueño era liviano y vigilante. La imagen le pareció tan dolorosamente hermosa que Luciana deseó poder detener el tiempo, vivir por