El cuaderno azul pesaba como plomo en las manos de Luciana. Era más delgado que el de Elena, pero no por eso menos inquietante. La tinta había desteñido en algunos pasajes, y las primeras hojas estaban manchadas por algo que parecía humedad… o lágrimas.
Alexander se acercó con cautela.
—¿Estás segura de que quieres leerlo ahora?
Luciana asintió sin mirarlo. Se sentó en el borde de la cama y abrió la primera página. La letra era inconfundible: inclinada, firme, con trazos que parecían contener r