La Nochebuena llegó a Nueva York con un brillo helado en las calles y una punzada de soledad en mi pecho. Mientras me arreglaba para ir a casa de Elena, la imagen de la Navidad pasada me asaltó: yo, acurrucada en mi sofá, con la pantalla del móvil iluminando mi rostro mientras hablaba con mi familia al otro lado de la pantalla. Las lágrimas habían sido mi silenciosa banda sonora. Este año, al menos, habría voces cálidas y el aroma familiar de la Navidad venezolana.
Llamé a mis papás y a mi herm