La atmósfera en el restaurante era vibrante, llena de las risas y las conversaciones animadas de Sarah, David y Emily. Andrés había elegido un lugar elegante en el West Village, con luces cálidas y música suave que permitía conversar sin alzar la voz. Me sentía increíblemente bien, celebrando un logro que hacía unos meses me parecía inalcanzable.
—¡Por Clara! —exclamó Sarah, levantando su copa de champán—. Por su visión, su tenacidad y por conquistarnos a todos con su talento.
—¡Salud! —coreamo