La tarde en la oficina adquirió un matiz decididamente diferente tras la inesperada revelación de mi encuentro con Elena. Maximiliano parecía visiblemente más relajado, como si una pequeña carga se hubiera levantado de sus hombros, aunque la preocupación por Sofía y el pequeño Mateo seguía presente en sus ojos. Durante las horas siguientes, me dirigió algunas miradas discretas, cargadas de un agradecimiento silencioso que derretía ligeramente la barrera de formalidad que habíamos construido con