Hugo entró a la mansión con paso firme, aunque por dentro lo carcomía la intriga. Se había pasado todo el trayecto desde la oficina repasando cada palabra que Isabela había dicho en su despacho. No era común que una muchacha del campo, como ella aseguraba ser, tuviera semejante soltura al hablar de negocios. No solo entendía, sino que razonaba y proponía con la precisión de alguien con experiencia.
Al llegar, dejó el maletín sobre una mesa del recibidor y fue directo al despacho de su abuelo. T