Cruzar la frontera hacia los Balcanes fue como pelar una capa de barniz de un cuadro que ha sido repintado mil veces para ocultar un horror. Dejamos atrás la luz cegadora de Atenas para sumergirnos en un paisaje de verdes profundos, montañas que parecen cuchillos de granito y una niebla que se queda pegada a la piel como el polvo de un taller abandonado. Aquí, el aire no sabe a sal, sabe a humo de leña y a una historia que se niega a cicatrizar.
Alexander conducía un todoterreno viejo que traqu