Atenas nos recibió con un calor pegajoso y un ruido que me perforaba los sienes. No era la Atenas de los libros de Historia del Arte, la de la proporción áurea y el mármol de Pentélico brillando bajo la sabiduría de los dioses. Esta era la Atenas de los callejones de Omonia, la de las paredes desconchadas cubiertas de grafitis anarquistas y el olor a orina y café quemado. Un lugar donde lo antiguo y lo decrépito se abrazan de una forma que, en cualquier otra circunstancia, me habría fascinado r