La Haya no tiene nada del romanticismo decadente de París ni de la crudeza ancestral de los Balcanes. Es una ciudad que se siente como un laboratorio: limpia, aséptica, con edificios de cristal que prometen una transparencia que a menudo es solo otro tipo de barniz. Me encuentro sentada en un banco de madera frente al Palacio de la Paz, apretando mi libreta contra el pecho como si fuera un escudo. El aire es frío y húmedo, un gris neutro que en mi paleta de restauradora usaría para suavizar las