Hay mañanas en las que el sol de Grecia no parece luz, sino un solvente demasiado fuerte que amenaza con decaparlo todo. Me desperté en nuestra casa de piedra blanca con la sensación de que el azul del Egeo se estaba filtrando por mis poros, lavando el rastro de Alexander —ya no puedo llamarlo Julián sin sentir que estoy retocando una mentira—. Lo miré mientras dormía, con el brazo herido descansando sobre su pecho, y por primera vez comprendí que la restauración más peligrosa es la de la ident