El Mediterráneo, cuando se cruza en una lancha motora que huele a gasolina y a libertad desesperada, no es el mar de las postales. Es una masa de cobalto oscuro que parece querer devorar cada uno de tus secretos. He pasado las últimas horas limpiando la herida de Julián en medio del vaivén de las olas, usando agua de mar y el poco alcohol que quedaba en el botiquín. Él no se queja; se queda inmóvil, observando el horizonte como si esperara que Sophie surgiera de las profundidades montada en un