Las balas silbaban a su alrededor como una sinfonía de muerte. El salón del hotel, antes silencioso, ahora era un campo de batalla. Iván disparaba con precisión quirúrgica, cada ráfaga un intento de cortar el caos que Ortega había desatado.
Aitana, agachada junto a un sillón volcado, recargaba su arma con manos temblorosas pero decididas. No era la misma joven inocente que llegó a la ciudad semanas atrás. La había tragado el abismo, y ahora devolvía fuego.
—¡Cubierta! —gritó Iván.
Aitana a