Edward
El reloj dio las cuatro cuando mis ojos se abrieron. El corazón todavía me latía con fuerza contra las costillas, un eco residual del sueño que se había desvanecido con la luz de la tarde. Me pasé una mano por la cara, la áspera barba rascándome la palma, intentando recomponerme, arrebatarle el control a las garras del sueño.
Desde la biblioteca, el sonido familiar de la voz de Grace llegaba, un bálsamo relajante contra la preocupación que amenazaba con engullirme por completo. Seguía me