El reloj marcaba las dos en punto cuando entré en la sala de conferencias principal, ubicada en el último piso del edificio.
El espacio era amplio, con paredes de cristal que ofrecían una vista perfecta del horizonte milanés. La luz natural entraba a raudales, iluminando la larga mesa ovalada de madera oscura rodeada por sillas tapizadas en cuero negro. En el extremo, una pantalla mostraba el título del proyecto: “Torres Vanguardia: Reestructuración y Diseño Integral”.
Los directivos iban llegando uno a uno, vestidos con trajes impecables, perfumados, con carpetas en la mano y gestos de superioridad. Todo en ese lugar olía a dinero, poder y competencia.
Yo estaba lista. Mis planos estaban revisados, mis cálculos corregidos, y mi presentación ordenada con precisión quirúrgica.
Máximo La Torre entró pocos minutos después. Llevaba un traje gris oscuro, camisa blanca y corbata delgada. Su porte era tan imponente que incluso el silencio pareció acomodarse a su paso. Saludó a todos con un a