El techo de la habitación se desdibujaba en la penumbra mientras Elena permanecía inmóvil, con los ojos abiertos en la oscuridad. A su lado, Adrián dormía profundamente, su respiración acompasada contrastando con el caos que reinaba en su mente. Llevaba horas así, atrapada entre la vigilia y un sueño que se negaba a llegar.
Cuando finalmente sus párpados cedieron al cansancio, las imágenes comenzaron a fluir como un río desbordado.
Se vio a sí misma con ocho años, corriendo por el jardín de la