El silencio que siguió a mi pregunta fue como un abismo abriéndose entre nosotros. Adrián permaneció inmóvil, con la mirada fija en mí, pero sus ojos... sus ojos se transformaron en algo que nunca había visto antes. Un destello oscuro, primitivo, atravesó sus pupilas. No respondió con palabras, pero su cuerpo entero se tensó como la cuerda de un violín a punto de romperse.
—¿Qué has dicho? —susurró finalmente, con una voz tan baja que apenas pude escucharla.
Tragué saliva, pero me mantuve firme