El despacho de Adrián siempre me había parecido un lugar prohibido, un santuario donde se gestaban sus secretos. Nunca antes había entrado sin su permiso, pero aquella tarde, mientras él asistía a una reunión, la necesidad de respuestas me empujó a cruzar el umbral.
El aroma a madera y cuero impregnaba el aire. Las estanterías repletas de libros de derecho y economía se alzaban hasta el techo, testigos silenciosos de mis pasos vacilantes. Me acerqué a su escritorio de caoba, pulido y ordenado c