YA NO TIENES CON QUE RETENERME, SEÑOR MORETTI.
—¡Tyler! —grité, cayendo de rodillas junto a él mientras Miranda bajaba lentamente el arma, detrás de Dante.
Solo yo vi esa maldita sonrisa. Esa que me heló la sangre.
El disparo había sido preciso, pero no letal. Tyler respiraba con dificultad, la sangre manaba de su costado. Tenía una oportunidad.
—¡Dante, ayúdame a sostenerlo! —le grité sin pensarlo dos veces, mientras mis manos ya buscaban dónde presionar—. No está muerto. ¡No aún!
Él dudó un segundo, su arma aún apuntando al frente, cubrié