El silencio posterior a las palabras del anciano pesaba tanto que Elena sentía que apenas podía respirar. “Devuélvenos la bendición de la luna”, había dicho, como si fuera una petición simple, como si se tratara de algo que pudiera entregar con solo alargar la mano.
La joven apretó la mandíbula, su mirada fija en ese hombre que ahora confesaba ser su abuelo. Una parte de ella ardía de rabia, otra temblaba de miedo y, en el fondo, Nix se agitaba, como un eco de todo lo que la atravesaba.
—Yo no