Elena se levantó lentamente de la silla, aún con los ojos enrojecidos por el llanto. Margarita, frente a ella, parecía frágil y desgastada, como si cada palabra que había pronunciado le hubiera arrancado años de vida.
—Volveré… —dijo Elena con voz suave, intentando que no le temblara—. No sé cuándo, pero lo haré.
Margarita asintió, sin fuerzas para responder más que con un gesto. Sus ojos, húmedos y cargados de nostalgia, siguieron a Elena hasta la puerta. Era como si temiera que, al cruzar el