El amanecer previo a la ceremonia llegó con un aire distinto. El claro del bosque, aquel donde las ceremonias más sagradas de la manada habían tenido lugar por generaciones, estaba decorado con antorchas, ramas de roble y símbolos antiguos tallados en piedra. Miriam, con la paciencia que solo una madre podía tener, se dedicó junto a Elena a revisar cada detalle: las ofrendas, el cáliz de oro con inscripciones antiguas, las túnicas que debían portar, y hasta la mesa de piedra que sería el altar