El gran salón de piedra se estremecía con la respiración de los lobos reunidos. El silencio, luego de las palabras del abuelo de Darian, pesaba tanto que parecía imposible sostener la mirada de los ancianos sin sentir el juicio en cada par de ojos. Elena temblaba por dentro, aunque mantenía la espalda recta y la barbilla en alto. Sentía que, en cuestión de segundos, toda la sala se había puesto en su contra.
La orden había sido clara: muéstranos, transfórmate. Pero su cuerpo se había paralizado