En una habitación de hospital, Verónica se encontraba con la frente sudada, el cabello enmarañado y las manos hinchadas luego de nueve meses de embarazo. Pero, a pesar de todo eso sonreía. Sonreía como si nada doliera, porque el dolor físico no se comparaba con la felicidad que estaba sintiendo.
En sus brazos, envuelta en una manta blanca, estaba su hija recién nacida.
Se veía pequeña, sonrosada y perfecta.
Matías había insistido en que su hermanita se llamará Lucía. Le gustaba el nombre porqu