Y mientras ella se moría de los nervios con el sobre en las manos. Rodrigo, de pie junto a ella, cruzado de brazos, parecía la calma hecha hombre, aunque sus ojos marrones la observaban atentos.
—Ábrelo —la instó sin impaciencia, solamente con la confianza de alguien que sabe muy bien cuál es el resultado.
El hecho de que confiara tanto en sus capacidades la hizo respirar hondo y rasgar el papel. Sus ojos recorrieron las primeras líneas y de inmediato se llenaron de lágrimas.
—Me aceptaron… —su